Confinamiento II

Durante este tiempo de confinamiento, y ya postconfinamiento, la pregunta más asidua es; ¿qué tal el confinamiento? Pues mi respuesta ha sido, “lo llevo muy bien”. Mi respuesta no es rara si consideramos que mi vida es más bien sedentaria, sobre todo en invierno.

Mi vida en invierno se reduce a salir poco. Mi salud con el frío se vuelve un poco más “rebelde”, por decirlo de alguna manera. Me canso antes, me cuesta más respirar y la saturación puede bajar dos puntos, es decir, bajar ya del 80%. Si a todo esto le sumamos que vivo en un sitio donde le añadimos al frío mucha humedad, este se cala hasta los huesos. Así andamos siempre encogidos, como si todos y todas tuvieramos ya jorobitas. Mi hermana cuando viene aquí y vuelve a Madrid, se da cuenta de la postura porque a la vuelta le duele la espalda. El frío no mola nada, así que ¿para qué salir si no hace falta? ou sea, a trabajar o a ir a clase de calceta. Pero en Santiago de Compostela, no solo hace frío, también llueve (incluso en verano, pero eso es arena de otro costal). Y no llueve de arriba a abajo, ¡no!. Por efecto del casi continuo viento que acompaña la lluvia, llueve de lado, y el manejo de un paraguas es nivel máster. Así que si juntamos lo que me suelo cansar andando normalmente, el frío que te hace andar encogida, y la lluvia con la que te tienes que pelear a cada metro de callejuelas de la ciudad, comprenderéis lo bonito que es quedarse en casa. Es por eso, que en invierno, mi vida es básicamente sedentaria por si misma no muy distinta a un confinamiento.

Como ya os dije, pasé ese tiempo en casa de mi suegra. Por logística era lo mejor, así mi marido podía encargarse de salir al supermercado, farmacia y del perriño, … Con el paso de los días vas haciendo una rutina. Me levantaba a las 9 de la mañana y desayunábamos. Luego me aseaba y me vestía, un chándal o ropa deportiva porque el pijama no me parecía allí. Estoy segura que si estuviera en mi casa solo gastaría pijamas gorditos. El resto de la mañana me lo pasaba haciendo punto viendo televisión o series en el ordenador, mientras era vigilada por un Tyron dormido con un ojo abierto. ¡Qué poco le gusta estar sólo! Ese momento matinal, era interrumpido por la llamada de mi madre entre las 10 y media y 11 de la mañana, donde hablabamos una media de 21 minutos. LLegaba como quién  no quiere la cosa, la hora de comer y después fiel a mí misma, me pegaba un siestón padre oyendo la radio. Se hacían las 5 de la tarde, hora del simtron y la merienda, una sencilla infusión. Ya en la sesión de tarde, comencé viendo las telenovelas que veía mi suegra, pero con el tiempo me aburrí así que comencé a tener mi tiempo de lectura. Lo que hace el “progreso”. Antes devoraba libros, pero desde la explosión de series, apenas leo. Ambas actividades se parecen en que cuentan historias, pero con la series también puedo realizar otras tareas, como labores o jugar a Los Sims. Comencé a jugar más, sobretodo por las noches mientras veíamos la televisión en familia después de cenar y hasta medianoche. Bueno, ver en familia la televisión a esa hora es un eufemismo, porque ver casi siempre era yo sola, los demás se dormían cada uno en su sillón. Ya comienzo a dispersarme, a lo que iba, que me encanta jugar a Los Sims, y montarme alteregos de todo tipo, de esas personas que nunca serás. También me fascina construir casitas de ensueño, de esas que nunca tendrás.

Y sí, como muchísima gente de este país, a las 8 de la tarde salía a aplaudir al personal sanitario de este país, por todo lo que estaba haciendo, muchos de ellos y ellas sin los medios necesarios ni adecuados, e incluso, inventándose e reinventándose para luchar contra viento y marea ejerciendo su trabajo. Pero en mi pensamiento de aquellos aplausos, también estaban personas que arriesgaban su salud y la de su familia ejerciendo otras labores esenciales, como personal de los supermercados y los transportistas de alimentación, quizás porque me toca muy de cerca, tanto mi hermano como su mujer son parte de ese personal, y después de cada jornada laboral volvían a casa junto con su hija y su hijo y el miedo de contagiarlos. Hay muchos más y lo sé. En ese momento, coincidimos con los vecinos de enfrente, y después de los aplausos y el “Resistiré”, nos quedábamos a charlar un rato. Esas pequeñas charlas comenzaron a ser ya rutina, era nuestro momento de socialización externa, y las charlas fueron se fueron estirando de tiempo, hasta que a veces, cuando ya la primavera comenzó a hacer su acto de presencia, comenzaron ser las cervecitas que se toman por las tardes, lo que ahora se hace llamar el tardeo.

Esa era básicamente mi rutina de confinamiento, poco más distinta a mi rutina invernal. Quizás un momento crítico para mí ha sido cuando mi hermana mandó unas fotos de los niños y me dí cuenta de lo altos que estaban. No los veía desde navidad, me pareció que habían crecido un montón. Ese día sí que me dio bajón, me dí cuenta que ya habían pasado más de dos meses y comencé a echar de menos terriblemente a mi familia (y mi casa). Menos mal que se comenzaba a ver la luz, pero aún así, tardé casi otros dos meses en verlos. Los vi el fin de semana pasado, y sí, todos mis sobrinos y mi sobrina en edad de crecer, habían crecido un montón, en nada serán más altos que yo, claro que no es muy difícil sobrepasar mis 156 cm.

 

 

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