30 de agosto

Estos días Facebook me comienza a recordar las fotos que he publicado el año pasado en Instagram mientras estaba ingresada en el hospital de A Coruña. Fotos del mar que se ve desde las ventanas de ciertas habitaciones donde estuve ingresada, o de los pasillos, de las cosas con las que mataba el tiempo, como los crucigramas o las partidas a la escoba por la tarde con mi marido. Los aparatos que me regaló la fisioterapeuta para que fortaleciera los pulmones (¡malditos pulmones!), o la tan deseada hamburguesa que me tomé el el Foster´s Hollywood el fin de semana de permiso que me dieron para irme a casa.
Esas fotos son el testigo de dos semanas de hospitalización, donde por fin parecía que se iba dar el último paso para mi. Se abría el haz de esperanza a completa esperanza de que mi vida iba a cambiar. Todas las cosas que ya no podía hacer las volvería a poder realizar, los sueños que tenía por fin se podrían cumplir una vez tuviese un corazón nuevo, andar en bicicleta, hacer el camino de Santiago… Aquellos días serían el primer paso del camino final que me abría un nuevo camino. Hoy estoy escribiendo de esto, intentando alejarme lo más posible del “no es posible el trasplante” que me dijeron el 30 de agosto del año pasado. Para intentar que la emoción no me embargue demasiado.
Así fue. Los médicos todo el tiempo preocupados por la situación de mi hígado, congestionado y algo cirrótico, preocupados por su presión y si aguantaría una operación de tal magnitud. Pero no, no fue el hígado. Se presentaron los tres médicos de insuficiencia cardíaca que todos los días se pasaban a verme. El jefe y los dos secuaces (sin tono malévolo, que han sido muy buenos) y la enfermera que tocaba de turno, ni siquiera recuerdo quien era de ellas. Comenzaron a explicarme que tenía una capacidad respiratoria muy baja, solo del 33%, muy restrictiva. Que habían consultado a los neumólogos, aparte ya de los distintos cardiólogos que llevaban mi caso. Que con ese handicap no sobreviviría a esa operación con esternoctomía (¿lo escribiría bien?). De cierto, añadieron que no soportaría ninguna cirugía que llevase esa práctica. Ya queda descartada toda cirugía mayor para mi futuro.
Estaba intentado aguantar, pero notaba como a mis ojos llegaba la presión y comenzaban a humedecerse (como ahora), cuando noté que aquello podía desbordarse les pedí, por favor, si podían dejarme sola. Se fueron, y allí quedamos solas, mi compañera Sisi y yo, le dí la espalda y dejé que toda la presión se deshiciera (como ahora). Ella, siempre tan prudente, no dijo nada, me dejó, y yo le agradecí aquel silencio que lo decía todo, que decía “ya sabes donde estoy cuando me necesites”. Cuando ya toda la primera riada desaparecio, intenté en el baño que mi cara fuese decente. Llamé a mi marido, y luego a mi madre. Y ya no llamé a nadie más. En ambas llamadas, me mantuve lo más estoica que pude. Me fue imposible en aquel momento darle la noticia al resto de mi familia, a mis hermanos.
Me daban el alta después de días de profesionales sanitarios que me estaban estudiando, inmunologa, ginecóloga, nefrólogo, fisioterapeuta, asistenta social, psicólogo, fisoterapeuta, sin olvidar todas las enfermeras y el enfermero, y las auxilares, sobretodo la muchacha que me ayudó la odiosa noche donde mi compañera (la anterior a Sisi) no me dejaba dormir por segunda noche consecutiva y llegué a un estado de ansiedad bastante curioso. Estuvo hablando conmigo pasillo arriba, pasillo abajo durante una hora y pico mientras me calmaba. Tantos profesionales que en esas semanas me cuidaron también tan bien.
En un momento de la mañana llegó la fisioterapeuta y aún no se había enterado de la noticia, y la estoicidad se volvió de nuevo de cera, se derritó y volvieron las lágrimas y la aprensión en la garganta (como nuevamente ahora). Venía como todos los días a comprobar si realmente hacía los deberes que me mandaba con Eleuterio y César (los aparatitos de ejercicios), y acabó intentado consolarme lo mejor posible. Solo una pregunta le hice, “si hago ejercicios, ¿mejorará mi capacidad pulmonar?”. El “no lo suficiente” aún retumba algunas veces por mi cabeza. A veces, aún practico con César, pero solo a veces, he de confesarlo.
Mientras pasaba la mañana, entre ataques de llantina, y charlas con mi gran compañera Sisi, algunas enfermeras se asomaban como quién no quiere la cosa. En algún momento de la mañana, vino mi cardiólogo congénito (le llamo así pare distinguirlos). Su cara lo decía todo, y yo allí lo más normal posible, sin llantina, pero mis lágrimas corrían por mi cara a su voluntad. Su cara no era mucho mejor, creo que su decepción no fue pequeña, pues su fe sabía que era como la mía. Estuvo luchando por que entrara en lista lo antes posible, pero la noticia había sido que no habría lista para mi. Lo intentaba disimular, pero yo también se lo vi en la cara. No sé lo que me dijo, no me acuerdo, que más daba. Seguro que palabras que no concordaban con su cara, o por lo menos yo lo percibía así. Le pregunté por la otra mitad del equipo, la cardióloga congénita. Justo ese día llegaba de vacaciones, le diría que se pasara.
Me daban el alta, así que para entretenerme me puse ha hacer mi crucigrama diario mientras conversaba con mi compañera Sisi. Que compañera, la tercera que pasaba por esa habitación. La que compartí más tiempo en cantidad y en calidad. Desde el primer día las noches crecieron hasta las dos de la mañana. Parecíamos unas quinceañeras contándonos por lo bajini los secretos. Pasamos a llamar a aquello, las noches del campamento. Las enfermeras nos pillaban riendo. Alguna vez oíamos abrir la puerta nos callábamos un nos entraba la risa tonta de labios cerrados como si nos hubieran casi pillado en una travesura, y cuando se iban y cerraban la puerta rompíamos a reírnos a carcajadas. Talmente, quinceañeras a nuestra edad.
Tenía que comenzar en algún momento a recoger las pertenencias que tenía por las mesitas y el armario. Fran venía de camino. Y volvió el doctor de insuficiencia, solo, sin sus secuaces. Me preguntó que tal estaba. Llegué a decirle que mejor. Mejor por el simple hecho de que las llantinas fueron a menos y solo me caían lágrimas silenciosas cuando caía en la cuenta que ya poco había que hacer más que seguir viviendo en aquella situación. Me volvió a comentar más de lo mismo, que allí ya no tenía más que hacer por ahora, que me seguirían mis médicos como siempre, y me recomendó que perdiese algo de peso. Me dejó un poco descolocada, no me veía yo precisamente muy gorda, solo hinchada del hígado y la retención de líquidos.
La mañana se estaba alargando de más. Me tardaba hasta la comida, y ya sabeis lo temprano que se come en los hospitales. Cuando llegó, lo hizo a la par de mi cardióloga congénita. Otra que venía con cara de circunstancias. Le pregunté por sus vacaciones y sus niños. Me acordé que hacía casi dos años me había atendido embarazada. Y luego comentó algo de la situación, no recuerdo mucho que dijo al respecto, pero s el consejo de que debería perder algunos kilos. Me quedé helada, era la segunda persona que me lo recomendaba. Decidí tomármelo en serio.
Llegó mi marido, y una amiga (también con cardiopatía congénita) que me había llamado para visitarme al día siguiente, pero le dije que me daban el alta ese día y decidió pasarse antes de que me marchase. Mientras esperaba el papel oficial del alta, ya vestida nos fuimos mi amiga, mi marido y una salita y les conté lo más serena posible todo lo que me habían explicado. Ya era capaz de controlar las llantinas, y alguna que otras lágrimas que quería salirse sin permiso (no como ahora, que tengo que parar de rato en rato a limpiarme los ojos).
Vino por ultima vez el doctor de insuficiencia, me entregó el alta oficial, ya no dijo nada más, no había más que decir en aquella situación, sería como echarle sal a una herida totalmente abierta y a mala leche. Terminé de recoger las pertenencias que fui acumulando en la mesita y el armario. Y despedirme definitivamente de Sisi, sin dejar de dedicarnos unas tarjetas de la comida y una foto final, con la promesa de vernos pronto porque vive en un pueblo cerquita del de mi marido.
¡Ay Sisi! Que mala compañera soy, que se va a cumplir un año y aún siguimos sin vernos.

Y así fué, como este jueves 30 de agosto hará un año que cambió mi vida. Aquel día amargo y duro que no soy capaz de recordar con nitidez, tomé la decisión de adelgazar unos kilos. Al final unos diez, y mi calidad de vida mejoró notablemente. Camino más de tres pasos, de diez, de cien, de mil, … sin fatigarme. Ya ando algo en bicicleta sin fatigarme, y visité Oporto y París. A veces, hay decisiones que no siempre dependiendo de ti te pueden hundir, pero si tomas una buena decisión que dependa de ti puede sacarte a flote. Y en lo más oscuro, siempre hay luz.

Un latido!

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Un comentario sobre “30 de agosto

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  1. A veces, hay decisiones que no siempre dependiendo de ti te pueden hundir, pero si tomas una buena decisión que dependa de ti puede sacarte a flote. Y en lo más oscuro, siempre hay luz.

    GRACIAS!!Soy Noelia de Buenos Aires. Recién te leo, no se mucho de vos sólo leí este blog y siento piel de gallina por toda tu descripción ,siento que quizás en algunos años este viviendo lo que te está pasando. Soy madre de una niña con una cardiopatía compleja de 9 años. Y remarque tu último escrito porque es super optimista y siento que eso es lo que necesitaba escuchar.

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