París (2ª parte): la ida y la vuelta.

El lunes 25 de junio madrugué, bueno a las seis y media, tampoco es que sea tanto. Y tampoco es que haya madrugado precisamente, casi ni dormí esa noche. La mezcla de emoción y de preocupación a partes casi iguales impidieron que tuviera un sueño muy profundo. Me levanté, me hice la cama, me vestí, me lavé la cara y peiné, nos tomamos un café rápido, y volví a repasar la mochila, después de haberlo echo ya mil veces el domingo.

No podía olvidarme nada en esa mochila. Llevaba el móvil, una batería auxiliar, un cargador, los billetes, la documentación y muy importante en casos como el mío, toda la medicación (porque si las facturas corres el riesgo de que la pierdan y después lío infernal) y los informes y justificaciones de porque tanta farmacia. Cuando viajo, y más en avión, y más a un país extranjero no me pueden faltar: informes médicos y del marcapasos (por si acaso, pero mejor que no se usen), el informe de la farmacia hospitalaria que justifique la administración del Sidelnafilo, hoja de la medicación activa que justifique el resto de todo lo que te metes en el cuerpo. Visto las cajas de medicación en la mochila, hasta parece que soy una drogadicta. Y finalmente, algo que a mí no se me escanear0012puede olvidar nunca de los jamases y más si voy en avión, es la “European Pacemaker Patient Identification Card”, o lo que viene siendo la Tarjeta Europea de Portador de Marcapasos. Es muy importante para pasar los controles en los aeropuertos. Contaros que siempre que he ido en avión, ya informaba del marcapasos, y en mi caso particular, me han cacheado siempre. Esas mujeres pudieron se más o menos sobonas pero nunca he tenido problemas, será que tengo cariña de buena persona. Ya que estamos con este tema, comentaros que en París hay controles en todos los lugares turísticos (desde los atentados ya se sabe) por lo que es conveniente (si soy portadores de marcapasos, DAI, …) que llevéis las tarjetas, no es que las pidan mucho la verdad. Yo informaba que tenía pacemaker, y ya directamente me dejaban pasar por uno de los lados, pero persona precavida vale por dos.

Nos llevaría al aeropuerto la madre de Eva (la amiga que compartió el viaje con mi madre y conmigo). Yo soy tan asquerosamente puntual que siempre llego antes de tiempo, y a las siete en punto no llegaron, y el retraso fue de casi diez minutos, así que yo me los pasé paseando y con una inquietud a flor de piel e intentando no infartarme. Es verdad que llevábamos tiempo de sobra, pero en mi mente se estaba cociendo todas las probabilidades que podían pasar para que el viaje saliera mal: pasar el control con tanta farmacia, el marcapasos, un retraso del primer avión, que en la escala de Madrid (que sería en la T4) fuese tan larga que se perdiera el avión al aeropuerto de Orly, que se perdieran las maletas facturadas, que no acertáramos de llegar al apartamento, o que el apartamento no fuese lo que ponía en las fotos,… un mundo de posibilidades rondaban por mi cabeza para que pasara algo en este viaje también.

Eva y yo en el avión
Eva y yo en uno de los aviones

Pero pasó que llegamos a tiempo, que en el control el tiempo necesario para que me cachearan, que el primer vuelo fue casi puntual en su llegada a Madrid, que la puerta que nos correspondía en la T4 estaba al lado de la que salimos, que el segundo avión fue tan puntual como el primero, que las maletas salieron por la cinta correspondiente, quizás lo peor fue que llegamos al apartamento una hora más tarde de lo que habíamos quedado con la anfitriona, debido al transporte público y que nos hicimos en ese momento la tarjeta Navigo, con la que tuvimos un par de percances al principio. El apartamento estaba muy bien, más pequeño que lo que pensábamos, pero muy bien, tenía hasta una miniterracita. Nada salió mal en el viaje de ida.

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En la miniterracita

Claro que a mí me tiene que pasar siempre algo, sino no sería yo. El viaje de vuelta lo realizamos un día más tarde de lo previsto. Si, porque soy así de guay. El miércoles me llegó un correo electrónico de la compañía aérea informando que el fin de semana se corre el riesgo de que los controladores aéreos de Marsella se pusieran en huelga. Como la escala de la vuelta era en Barcelona, supuse que nos tocaba por geografía pasar por sus cielos.

Comenzamos a inquietarnos, ya que mi madre tenía un billete de autobús el domingo para volver a Madrid a sus quehaceres de abuela-niñera (hermana mía, si lees esto no te enfades). Al final decidimos que nos preocuparíamos más adelante, y que iríamos el sábado muy temprano para el aeropuerto de Orly. Es verdad que intentamos hacer turismo sin inquietud, pero aún no compartiendolo entre nosotras, todas teníamos ya el runrun en algún momento del día, a pesar de ser mi madre la única que realmente salía perjudicada. Yo me pasé todas las noches mirando twitter y páginas donde pudiera haber información sobre la posible convocatoria de huelga. Mi madre oía la radio francesa por las noches (manías de mi madre que igual algún día os cuento) y tampoco oía nada del tema. Hasta el viernes, que cuando estaba preparándome, vuelvo a recibir un correo electrónico de la compañía aérea informándome que nos habían cambiado el vuelo del sábado 30 junio para el domingo 1 de julio, respetando el horario. Recuerdo que salí con cara de circunstancias del baño, y diciéndole a mi madre y a Eva “creo que os voy a amargar el día” (en realidad se lo dije en gallego). Decidimos ir al aeropuerto para informarnos más personalmente. Así que el plan de ir al Châteaux Versailles tuvo que esperar. Como el aeropuerto está al otro lado de París ya casi una hora llegar al mismo, y eso que esta vez íbamos sin las maletas. Acertamos bastante bien del punto de información y allí comentamos ¡en español! el correo recibido. Nos dijeron que sí, que teníamos el cambio las tres, y que teníamos derecho a hotel esa noche pero que tendríamos que pasar por allí al día siguiente. Pues nada, a apañarse.

Salimos y comenzamos a negociar con mi hermana que se encontraba de vacaciones en Nerja, el cambio del billete de bus de mi madre del domingo a lunes, y sabéis que os digo, viva internet y la tecnología digital, o lo que sea. Unos intercambios de mensajes de whatsapp, y mi hermana desde su teléfono miró las alternativas en bus y tren, al final anulación de billete de bus y compra del billete del tren para el lunes a las cinco. Una vez apañado todo nos fuimos a Versalles. Claro que del día entero para verlo, pasó a ser solo la tarde (y para colmo es el único sitio que cierra supertemprano, a las cinco y media de la tarde pliegan, tanto el palacio como los jardines). Lo vimos poco, tarde y mal, pero suficiente para quedar alucinadicas, Eva y yo, porque mamá ya se lo sabía.

El sábado, nos levantamos, apañamos todo y nos volvimos a dirigir a Orly a que nos dieran el hotel. Cuando llegamos, ¡qué cola en el mostrador! Había gente que igual no se enteraron de las cancelaciones o, como las que estaban delante de nosotras, les habían cambiado el vuelo para cinco días después. No os preocupéis se lo arreglaron para poder volar al día siguiente, también con el hotel donde coincidimos. Me toco a mí después de una hora. Esta vez el muchacho que me atendió hablaba un poquito peor el español, así que nada más darle el código de reserva, miró en el ordenador y me dijo “no tenemos vuelos antes de mañana”. Si yo venía por lo del hotel, que vino con la sorpresa de tener incluida la comida y la cena, cosa que no me esperaba. Me informó muy amablemente donde estaba el hotel y como llegar. Cuando llegamos al hotel ya era la hora de comer y

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Uno de los postres de la cena

vimos el pequeño autoservicio ¡comida decente de verdad! Como sabía que volveríamos a dar un paseo por la tarde en el almuerzo me cuidé de no comer mucho, pero a la hora de la cena, esa fue la mía, con dos postres y todo.

También recuerdo que la cena coincidió con el partido del mundial Uruguay-Portugal. Ni que decir que esa noche queríamos que perdiese Portugal porque al día siguiente jugaba España ya los octavos y no queríamos que por nada del mundo pasase. Al verlo perder Eva y yo, que eramos las últimas del comedor hicimos fiestita, pero los camareros que andaban por allí, tampoco se quedaron muy quietos que digamos.

Nos fuimos cada una a su habitación, porque eran individuales y yo lo agradecí un montón, ya necesitaba una dosis de intimidad después de tantos días. No me importa compartir viajes y habitaciones, incluso con gente desconocida. En mi juventud dormí en albergues compartiendo espacio con chicas desconocidas, o cuando iba a Madrid a las visitas, siempre en el tren hotel nocturno, en apartamentos de seis literas primero, cuatro ya al final. Pero llevaba seis días sin más intimidad que la del baño, y a veces me encanta estar sola, incluso días, por eso, que fuese la habitación individual fue casi mejor regalo que el autoservicio del hotel. Esa noche dormí profundamente. El cansancio acumulado de los seis días de aquí para allá hicieron mella, y el relax de que no ya no podría haber muchos más contratiempos, que ya todo estaba hecho, colaboraron en que el descanso fuese perfecto.

Y llegó el día de vuelta, ducha perfecta, café perfecto, facturación perfecta, pase de control con su cacheo perfecto, vuelo a Barcelona perfecto, y… ahí se acabó la perfección. Nada más llegar a El Prat, ya anunciaban el vuelo con retraso, unas tres horas al final. Para colmo en la espera vimos como España perdía con Rusia en los penaltis y nos íbamos del mundial. ¡Qué más podía pasar! Pues que cuando llegamos a Santiago de Compostela, llovía ¡como no!.

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Eva, nos tenemos que volver

Esto solo me pasa a mí, que en los viajes esperados y deseados, sobretodo en avión, siempre falla algo, porque si no falla algo, no sería incluso divertido contarlo a toro pasado.

Un latido!

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