París (1ª parte). Ilusión, planificación y otras curiosidades.

Este viaje a París, era deseado, sobre todo deseado por mi madre. También es verdad que mi madre deseaba más que nada haberlo hecho con otra persona, mi padre, pero hay cosas en la vida que no puedes predecir ni evitar, entre ellas la muerte, y mi padre falleció antes de que ambos pudieran volver a su deseado París. Así, y por esa razón, un día mi madre me preguntó si iría con ella, ya añadiendo que ella lo pagaría todo ¡Cómo decir que no a tan preciado regalo!

Ya sabéis que este viaje ha sido planeado hace cuatro años, con otras dos personas, una amiga de mi madre y su hija Eva, que con el tiempo nos hicimos amigas. Pero otra vez se trunco por esas cosas de la vida que no puedes predecir ni evitar, y en ese momento fue mi abuela materna la que estaba ingresada en un hospital pasando los últimos días de su vida.

Supongo que en ese momento todas caímos en una desilusión, o por lo menos de mi parte, a la que también se unió mi progresivo empeoramiento estado de salud. Un par de años después, comenzaron a hablarme de trasplante, me dije que sería el primer viaje que haría con la patata nueva. Eso también paso a ser imposible, así que a principios de este año, le planté a mi madre que ahora o nunca. Mi salud había mejorado lo suficiente para estar horas caminando sin fatigarme. Recobré la ilusión de realizar ese viaje con mi madre (también contigo Eva, no te enfades, pero tú entiendes), recordar sitios importantes para ella en los que ha sido muy feliz durante los doce años que vivió en París. Y yo recordar pequeñas imágenes que siempre estuvieron en mi memoria como foto borrosas, en las que a veces dudaba de si fueron verdad o eran creaciones de esa niña imaginativa que, a veces, la edad va matando. Imágenes que a nosotras dos nos pueden hacer tanta o casi más ilusión que ir a la Tour Eiffel, o por lo menos a mi madre.

En el mes de abril, más o menos, comenzamos, Eva y yo, a mirar el apartamento y los vuelos. A finales de abril ya teníamos reservado el sitio y los vuelos. Pero a mí me rondaba aún por la cabeza el haber tenido que cancelar todo dos días antes la vez anterior, así que la ilusión desbocada no llegó hasta casi la semana anterior a marcharnos. Entonces sí, y rogándole a la suerte que por favor esta vez si, que no saliera nada mal, comencé a planificar los poquitos días para ver lo máximo posible de la ciudad de la luz y del amor.

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Una amiga me regaló un mapa, y leí un par de blogs que me salieron al buscar “ver París en cuatro días” ambos casi tenían el mismo plan y itinerarios, así que me hice mi planificación siguiéndolos. escanear0007Mirando el mapa de papel, el google maps para ver transportes públicos, kilómetros a pie, apuntando monumentos y detalles que no te deberías perder, horarios y tarifas de entradas a lugares que querríamos visitar, casi dos días de trabajo planeando, apuntando, coloreando, … ya con enorme ilusión (y con el runrun que algo tendría que salir mal).

La verdad que tanto planear y planear, para nada. Lo que a mi me llevó dos días, a mi madre le llevó poner el pie cerca de la Tour Eiffel el primer día, para ella rehacer todo lo que yo había apuntado en mi libretita a base de improvisación. Porque con mi madre fue así, ver las cosas (todas) a base de andar e improvisar. Nosotras la seguíamos, y mirábamos lo que nos decía (porque no en vano ha vivido allí doce años) y sabía lo que había que ver, donde y por donde ir. Todo lo que yo tenía apuntado antes o después cayó ante nuestras miradas, y la propina del Châteaux de Versailles (rápido y mal) que no estaba entre mis apuntes.

Comentaros que a ese ritmo, hacer fotos ha sido toda una odisea para mí, porque entre tener que seguir a mi madre (que le da la importancia a las fotos como a la nada) y que mi cámara es tan, tan, básica, las fotos que pondré será gracias a Eva, que según ella “le saqué fotos a todo lo que se movía”, “y a lo que no se movía también” le cerré yo. Eva ha sido la que tuvo agilidad y rapidez para digitalizar nuestro viaje.

A la hora de movernos por la ciudad también hemos usado el transporte público. Nada más llegar, y con lo que nos habíamos informado, queríamos un bono de esos turísticos escanear0005de cinco días. Pero mal hablando y con mímica, un muchacho que nos atendió en el metro, nos dijo que era mejor la tarjeta “navigo”, que podríamos viajar en todo tipo de transporte público sin límites durante toda la semana (7 días). Por 27,80€, anduvimos todo lo que quisimos y más sin cortapisas por autobús, metro, tranvía y RER. La tarjeta, creerme que compensa. Para hacerla se necesita una foto de carnet, pero si no la tienes, en los sitios que puedes solicitarla hay un fotomatón, que te mata y sino mirarme a mi, parece que me quieren dar de palos.

Pero hablando del transporte público, me concentraré en el metro de París. Es un metro viejo (que no reformaron mucho) y no está nada adaptado. Ya simplemente las escaleras mecánicas brillan por su ausencia, así que me pasé todo el día bajando y SUBIENDO escaleras, con lo que eso implica para mí. Ya no digo ascensores o plataformas para sillas de ruedas o adaptaciones para otro tipo de discapacidades. Tampoco había indicados sitios reservados (cumplieran o no con ello). Eva y yo nos dimos cuenta de que solo viajaban personas “jovenes y sanos”, no vimos, por ejemplo, personas mayores, ni muchas madres con niños en carritos, etc. ¡normal tanta escalerita! También decir que la mayoría de los vagones eran bastante viejos,  no tenían aire, y con el calor que nos hizo los últimos días, eran terribles. El metro, suspenso.

Antes de cerrar esta entrada os comentaré otra curiosidad relativa a la movilidad por París y que nos ha sorprendido; es la forma de circular por la ciudad. En una de las rotondas que hemos visto desde el bus del aeropuerto, es decir, nada más llegar a la ciudad, iban a la par como cinco automóviles, pero no existían carriles pintados en la calzada. Y después el baile de los coches y/o motos, para salir y entrar en la rotonda, poner intermitente y la todo el mundo a cederle así fuesen tres coches que estaban a la izquierda o derecha, según entran o salen del círculo. Con los días nos fijamos que en una calzada ancha van dos coches (motos o bicicletas) aun no habiendo carriles pintados. Cerquita pero sin tocarse, ¡alucinábamos! Las motos te rebasaban por derecha o izquierda según el espacio del que disponían, y nadie se enfadaba. Las bicicletas andaban entre los demás vehículos a motor como Pedro por su casa, ni metro y medio ni nada. Todas las personas pedaleaban con una seguridad pasmosa, como si fuesen paseando por el campo. Saqué la conclusión de que la gente es o muy civilizada o muy loca.

Este es el pequeño previo que os dejo. En la o las siguientes entradas os contaré las visitas y curiosidades del viaje. No sé si en una o en más, seguro que en más, que iré haciendo a lo largo de estas semanas e iré publicando según vayan saliendo.

Espero que no os enfadéis si tardo mucho, pero no quiero hacer las cosas rápido y mal, sino con paso a paso, y lo mejor que pueda para contaros todo lo que he sentido en este viaje, con un corazón diferente.

Un latido!

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