El no viaje a París

Entrada publicada en “Diario de un Fontan” el 17 de junio de 2014

Hace cuatro años había planeado un viaje a París. Pero por un acontecimiento personal, lo tuvimos que cancelar. No fue hasta este año (4 años después) cuando retomé la idea de hacerlo. Estaba esperando a tener un corazón nuevo, pero como ya no está en los planes, tendré que ir con este, así que mejor antes que después. Me voy el lunes, pero para dejaros un poquito de lectura, os dejo la entrada que escribí en su momento en el antiguo blog.

Aquí me encuentro hoy en mi segundo día de vacaciones. Sentada en mi sofá con un rico capuchino cancelando el viaje a París. Era un viaje esperado y deseado, en compañía de mi madre y unas amigas.

Personalmente, deseaba ese viaje por lo mucho que significaba para mi madre esa ciudad donde vivió doce años de su vida. Me atrevería a decir que fue una de las épocas más felices de su vida. También me atrevería a decir que más de una vez se arrepintió de volver a su tierra. Pero los de Galicia somos así, la morriña a la tierra hace que antes o después volvamos.

Para mí era muy especial el viaje. Volvía a la ciudad donde he nacido. Me vine para España con cinco años. No es que tenga grandes recuerdos de París, pero por mi memoria andan sueltas imágenes nítidas de la casa donde vivíamos, e incluso del parque al que nos llevaba mi padre a jugar.

En particular, del parque recuerdo que era de arena, todo de arena, no un cajoncito como el que ponen ahora en algunos parques, no todo el suelo de arena como si fuese una playa. Por eso te llevabas tu cubo, tu pala y tu rastrillo como si fueras a la playa, pero en vez de bañador, igual hasta ibas con abriguito. En ese parque había dos toboganes. Uno grande, muy grande (véase muy grande desde la perspectiva de una niña de cuatro años) y otro pequeño. Claro está yo iba al pequeño.

El piso tenía una moqueta color rojizo-granate, las paredes de papel con flores, que mirado desde la distancia, muy bonito no era. El salón tenía un sofá cama de color azul oscuro, una mesa redonda que donde se comía, una pequeñita tele que aún vino a España. La máquina de tricotar donde recuerdo a mi madre trabajar horas y horas, y el ruidito ras-ras de un lado para otro de la máquina. También recuerdo un mueble al que mi hermana aprendió a subirse para comerse terrones de azúcar. El baño era chiquitín y verde musgo. Una cocina también chiquitina donde solo recuerdo donde estaba la lavadora. Lo que menos recuerdo es la habitación donde dormía yo. La recuerdo siempre oscura, con unos cortinones que cerraban el superventanal que tenía cortando la esquina del edificio. Vista desde la distancia, muy tétrica, casi de peli de terror.

Comentaros que un de las cosas maravillosas que tiene el internet, es que puedes buscar de una forma u otra cosas del pasado. Un día nos abrimos el google tierra (léase google earth) y buscamos si aun existía ese edificio viejo donde estaba el apartamento en el que vivíamos en París. Si, sigue ahí, igual que hace más de veinte años, igual de viejo que de aquella, y sospechamos que con la misma puerta de madera.

No tengo que deciros que una de las paradas turísticas de París sería esa vieja puerta. Y los que me conoceis, seguro que os imaginareis un  autorretrato (léase selfie) en la misma. Mal me pese tendrá que esperar. Quizás el año que viene las cosas salgan bien, y podraís ver la entrada de mi “si viaje a París”

Un latido!

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