Los tres tullidos.

Ya os tengo contado en alguna entrada anterior, de la soledad que he sentido en mi juventud mientras me hacía mayor. La soledad de sentir que era la única que tenía una cardiopatía congénita compleja, que en mi época era aún más compleja, y haber sobrevivido a todas las vicisitudes que se presentaron en la infancia y adolescencia. Un tipo de soledad, que aún no sé muy bien como describir. Una de las razones por las que me sentía sola, era no poder hablar de ello con toda naturalidad con alguien, con alguien que entendiese mi “enfermedad” como parte de mí, como si fuese un rasgo de personalidad como yo la siento.

Esto viene a colación porque llevo unos días en el camping disfrutando de mi caravana con un tiempo maravilloso, a veces, con un poco de aire o niebla desagradable, pero ya no llueve día sí y día también. Además, de disfrutar de todo esto que tanto me gusta, estos días los estoy compartiendo con Cata. Cata es una muchacha de 21 años con cardiopatía congénita que actualmente vive en Santiago de Compostela, sí, en la misma ciudad donde suelo vivir yo. Hace muy poco que somos amigas, pero es un persona increíblemente madura, (sin perder aún ese toque infantil) simpática y tiene un aura enormemente positiva. Nos entendimos desde el primer momento que intercambiamos unas palabras de whatsapp de presentación. Sea por la cardiopatía o no (que es verdad que nos conocimos por la misma) entre nosotras se formó una conexión especial y decidí invitarla estos días a mi minicasa rodante, ¡que gran acierto!

A Cata la conocí a través de un amigo que ambas tenemos en común, Óscar. Él también tiene una cardiopatía congénita. Lo conocí hace un montón de años, tantos que ni recuerdo (pésima memoria que poseo), a través del facebook cuando comencé a meterme en diversos grupos afines al tema. Posteriormente, lo hice en persona en una comida donde había dos personas más con cardiopatía congénita. Con Óscar ya me une esa amistad íntima, donde sabes que cuando estás mal, levantas el teléfono y le sueltas toda tus emociones sin barreras (por no decir mierdas) y te escuchan en silencio. Aún recuerdo cuando en este verano le dí la “mala noticia” y solté todas las lágrimas contenidas a él, sabiendo lo que esa noticia significaba para mí, y sin darme ni un desánimo ni una esperanza idílica, estar ahí y escuchar. Pues a lo que iba que ya comienzo a disparsarme, Óscar vive muy cerquita de Nigrán, y cuando vengo al camping me visita muy a menudo, esta vez no iba a ser menos.

Así es como estos días nos juntamos los tres, que nos autonominamos tullid@s (somos gallegos y tenemos mucha retranca, que le vamos hacer) y comenzamos a compartir mucho tiempo. Quizás algunos pensareis que nos hemos pasado el tiempo hablando de nuestras dichas y desdichas coronarias, aprovechando para hacer terapia grupal, gran error. Es verdad que entre tema y tema de vida cotidiana salían “aventurillas” del corazón…, pero casi ni hablamos de nosotros mismos ni de nuestros “problemas”, (eso estoy segura que lo haría nuestras madres si se conocieran y, por favor, madres y padres no os enfadeis, es una verdad purísima que en otra entrada puedo explicar), y si lo hicimos, hablar de nuestros corazones digo, ha sido desde esa óptica de contarlo como quién cuenta que hoy ha cocinado un pollo asado y se quemó, sin aumentativos heróicos; “pues yo sobreviví a tres paradas en quirófano nena”, ni diminutivos cariñosos o compasivos “pobriña yo que sobreviví a tres paradas en quirófano, eso si que es durillo”. No, quizás porque compartimos diagnóstico, y experiencias en el pasado, parecidas o no, sabemos que no nos suele gustar como hablan de nosotros y nos hablan a nosotros de nuestras “cosas” los demás, los que no son cardiópatas congénitos (u otras enfermedades crónicas, donde compartimos cierto tipo de vivencias que hacen entender de lo que hablo). Entre nosotros no hay dramas, ni penas, ni que mal lo ha pasado cuando era niño, o que mal lo está pasando, o no te preocupes que ya mejorarás, cuando tú sabes que la única esperanza es agarrarte a que la ciencia avanza (aunque gracias a los políticos más lentamente de lo que debería -retranca-), o la esperanza de vivir con una óptima calidad de vida.

Yo, por lo menos lo vivo así, esa diferencia, de hablar de mí con una persona que no tiene una cardiopatía congénita (u otra enfermedad crónica desde edad infantil) a hablar con otra persona que si la tiene. Aunque he de reconocer que aquí también se cumple la máxima de que tienes mucha más afinidad con unas persona que con otras. Por eso, quizás con Óscar, otra chica de Madrid que se llama Sonia, y ahora Cata me une algo especial, algo que sé que puedo apoyarme en ellos si algo va mal (y vosotros en mí, ¿lo sabeis no?)  y tocar las castañuelas al son si algo va bien (para eso también contar comigo).

Un latido!

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