El “efecto barrera”.

En la entrada anterior, donde ya hablaba del Camping Playa América, os comentaba el misterioso “efecto barrera” que allí se produce. Nosotros no hemos sido ajenos al mismo. La primera vez que recalamos en ese camping, como ya dije fue accidental. Montamos nuestra tienda familiar, y nos apañamos con una mesita unas sillitas y el sofá hinchable pinchado que mi marido se empeñaba en llevar, supuestamente para el dormir la siesta, y donde en realidad se pasaba el día el perro de peluche, llamado Scotty.

Como tengo una memoria escueta, no sé exactamente si ya en esa ocasión, como teníamos enganche de luz, compramos una cocina eléctrica, ya que estabamos un poco hartos de comer bocadillitos y de frío. La cosa es que ahí comenzó el “efecto barrera”. Volvimos en junio con la tienda y un cenador donde ya montabamos en una mesita de estanterías la cocina con unos cacharritos para cocinar.

Cuando paseabamos por el camping, y veía las caravanas, con sus avances y sus porchecitos me encantaban. Le comentaba al que de aquella era mi novio (hoy marido) que de viejecitos comparíamos una caravana, a lo que él contestaba que eso ya no tenía tanto espíritu campista. Yo le decía que de viejecitos la artritis y artrosis nos haría difícil levantarnos del un colchón del suelo, a lo que él remediaba con uno de esos de doble altura. Pero, visitó una caravana por dentro de una vecina; “pues igual una caravana pequeñita para los dos” me dice. Desde ese momento, el “efecto barrera” entró en tromba en nuestras cabezas y comenzamos a buscar una caravana de segunda mano.

La cosa no es nada fácil. Comenzamos mirando concesionarios de caravanas (y autocaravanas). Ya íbamos a las más pequeñas, para nosotros dos no necesitabamos más y, además, tenían que ser de menos de 750 (creo) para no sacar el carnet especial ni la matrícula roja (creo, y lo digo porque ese tema lo controla totalmente mi marido). Mirando concesionarios, me enamoraré de lo que denominan la distribución francesa o rutera, que en mi opinión hacen la caravana más amplia y no agobian tanto. Mientras mirábamos los dos por concesinarios, con poco acierto porque o no nos gustaban o no le gustaban al bolsillo, mi marido miraba y miraba las páginas de segunda mano, donde, según él, hay que tener mucho cuidado, porque o pueden estar en mal estado (si tienen humedades ya no valen) o sin documentación, o documentación engañosa, y cosillas así.

Tardamos casi un año y medio en encontrar a la que bautizamos como “A Nosa Cunchiña”. Fue nuestra la primera semana de agosto de 2014 (me acabo de dar cuenta de lo rápido que pasan los años). Se la compramos a un muchacho en Marín. Teníamos, más bien tenía mi marido, que hacerle algún arreglillo y restaurarla a nuestro gusto. La conseguimos a un precio de ganga, considerando que solo tenía el handicap de que no tenía la nevera ni el baño. Por el resto, era perfecta, con documentación y todo. Ese día no podíamos llevarla, pero el muchacho tenía tantas ganas de deshacerse de ella, que nos la llevó él mismo a casa de mi madre (que es donde solemos guardarla) y nos enseñó a ponerle el avance. Estabamos emocionadísimos con la adquisición. Cuando ya estuvimos solos, nos sentamos en ella y comenzamos a pensar que hacerle. Lo primerito de todo, sacar las literas y poner nuestra cama, y romper una tabla que hacía como de pared para separar los ambientes y hacer un minipisito tipo loft. Tan emocionados estábamos, que mi madre tuvo que venir a buscarnos y preguntarnos si íbamos a cenar y dormir en la caravana ya. ¡Por ganas no sería!

Al fin de semana siguiente volvimos, mi marido con todas las herramientas necesarias para realizar las primeritas obras (tirar literas, poner cama y cortar pared). Era lo necesario y suficiente para poder estrenarla nuestro camping favorito. Y así es como el puente del 15 de agosto del 2014 nos fuimos con “A Nosa Cunchiña” cantando todo el camino a la única parcela que quedaba vacía para una caravana. No nos gustaba mucho, pero daba igual, nos daba igual hasta no tener nevera, ni baño, ni estar al lado de los vecinos de siempre, eramos como dos infantes con juguetes nuevos.

Ahora que tenemos caravana, nos sigue afectando el “efecto barrera”. La caravana ya tiene, nevera, váter, horno, miles de utensilios de cocina de colores (una de las cosas que más me gusta en el camping es cocinar), mesa enorme para invitados, mesa de jardín, puertecita para Tyron, sobreavance o porche, mecedoras para el porche, luces por todos los lados (eso es mío) y cuando vamos en junio, hasta suegra. Seguro que se me olvida algo.

Ahora vamos al camping todos los años en Semana Santa y todo el mes de Junio. Así que ni que decir tiene, que después de las fechas navideñas, ya vamos haciendo cuenta atrás hasta Semana Santa para ir con “A Nosa Cunchiña”, y nos da igual que haya una cadena de borrascas intensas de lluvia y viento como este año, nosotros nos plantamos allí a disfrutar de nuestra minicasita.

Un latido!

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